Corría el 30 de Noviembre del año 2009 y ya estaba todo listo. Era la primera vez que iba a cruzar el Atlántico. Lo que no te suelen contar cuando vuelas a los States, si no necesitas visa de turista, es que antes de comprar los billetes, tienes que rellenar el ESTA (Electronic System for Travel Authorization); una especie de autorización adjunta al visado en la que te hacen preguntas tan curiosas como ¿participó usted en la conspiración previa al comienzo de la Segunda Guerra Mundial?  

En momentos así, uno suelta una carcajada y arde en deseos de marcar la casilla sólo por ver qué pasa, más que nada porque ¿quién se va a tragar mi participación en la Segunda Guerra Mundial, cuando digo más arriba que nací en la década de los 80? Pero bueno, preferí portarme bien y cuando llegó ese ansiado 30 de Noviembre, nos encontrábamos en la T4 con los pasaportes y las tarjetas de embarque en la mano. “Madrid-JFK”, rezaba en los billetes. Como esa película de Oliver Stone que tanto me gustaba. ¡Qué papelazo el de Kevin Costner! Bueno… Volvamos a Barajas que me despisto. Saco el móvil, que hay que apagarlo antes de subir al avión y veo el último sms que voy a leer en suelo europeo: “Buen viaje a La Meca del mundo, mi niña”.

Mi madre tenía toda la razón. No es por ser etnocentrista ni americanófila in extremis, pero hay que reconocer que Nueva York es la capital cultural del mundo (al menos del occidental) nos guste o no. Todas las tendencias en moda, música, televisión y espectáculos vienen de allí y ya no digamos de lo último en dietas y de los trucos de belleza más seguidos por las celebrities. Por no hablar del magnetismo que ejerce su recurrente utilización como escenario cinematográfico, que atrae a millones de turistas ávidos de conocer ese edificio de la ONU que han visto en “Con la muerte en los talones”; esa catedral católica inmersa en un mar de rascacielos que aparece en “El Padrino” y (que no es otra que la de Saint Patrick); o la biblioteca pública, con su bella escalinata y sus leones, donde “Los Cazafantasmas” intentan mantener a raya a unos cuantos entes procedentes del Más Allá.

Ellis Island

Sí, Nueva York era una suerte de parque temático con todo tipo de diversiones y atracciones para todos los públicos; pero también tenía un pasado no menos conocido, pero sí menos explotado: el de los inmigrantes. Subimos al avión con la expectativa de conocer las dos caras de la ciudad: Por un lado, nos atraían los rascacielos y la animada vida de Manhattan, pero por otro, emprendíamos el viaje con la voluntad de coger el ferry a Ellis Island en busca de una respuesta que se había perdido 90 años atrás.

En sus alrededores, la costa de Nueva York tiene varias islas declaradas Parques Nacionales. Una es Liberty Island, que alberga la Estatua de la Libertad, y otra es Ellis Island, que era el puerto que recibía a todos los barcos llenos de inmigrantes. Aparte de contar con unas oficinas en las que se registraba a los recién llegados, se les examinaba para ver si tenían alguna enfermedad contagiosa y permanecían ingresados en el hospital de la isla hasta que pudieran pisar tierra firme.

Estatua de la Libertad

Partieron barcos desde todas las partes del mundo, e incluso desde España: Desde los puertos de Cádiz, Vigo, Barcelona… En uno de ellos embarcó un intrépido joven originario de una pequeña aldea del Alto Tajo: El bisabuelo de mi novio, que se dedicaba a sacar resina de los árboles. Después del pertinente examen y registro en Ellis Island, viajó a West Virginia y allí estuvo enseñando a los americanos cómo obtener de la resina productos como el aguarrás y otros disolventes químicos usados en pinturas y barnices. Y aunque no le fue mal por el Nuevo Mundo, decidió volver a España solo por amor, porque en Huertapelayo, en ese recóndito rincón de la provincia de Guadalajara, le esperaba pacientemente su mujer.

– ¡Qué historia más bonita, Julio! – Le dije a mi novio.- ¿Qué pretendes encontrar en Ellis Island? Si tu bisabuelo volvió…

– Sí, pero mi abuela dice que fueron varios primos del pueblo y que algunos no volvieron, sino que se quedaron en West Virginia. Mi idea es localizar la lista de la expedición con la que salió mi bisabuelo desde España, encontrar a gente que tenga el mismo apellido y a partir de ahí tirar del hilo y encontrar a los descendientes.

Verónica en Ellis Island

Esa ferviente ilusión por encontrar “Un primo en América”, me recordó a la banda sonora de “West Side Story”. Si tuviera pruebas fehacientes de la existencia de la reencarnación, diría que Julio es el vivo retrato de su bisabuelo. Nunca lo conocí ni lo vi en ninguna foto, pero apuesto a que además del nombre, el abuelo Julio compartía con su biznieto el amor por el campo, la cultura americana, la música country y el mismo gusto por la gastronomía yankee.

Me gusta imaginarle con un sombrero de paja con las alas dobladas al más puro estilo cowboy; tocando la guitarra a la sombra de uno de esos árboles de West Virginia a los que sacaban la resina, después de una ardua jornada de trabajo. Sus manos son fuertes y robustas; sus ojos, grandes y cautivadores, con las mismas pestañas voluminosas e interminables que tiene su biznieto. La nariz es prominente, los labios gruesos y su barba es tan densa como su abundante cabellera.

Como me pasa siempre con mis antepasados, no puedo evitar evocar la imagen en blanco y negro como si de una foto se tratara, mientras me resuena en la mente esa canción de John Denver que dice “Caminos del campo, llevadme a casa, a West Virginia, a donde pertenezco”. Como me imagino al bisabuelo con la cara y la edad del Julio actual, se convierte en leyenda, y es en ese momento cuando esta aventura se me antoja como un viaje de ida para mí, pero un viaje de vuelta para Julio, que vuelve a reconocer la tierra que le dio cobijo y sustento.

Maqueta Ellis Island

Fotos Verónica Mencía