Por Ricardo Bohórquez |

No es el malecón, es el río.  

La ría más bien. Su presencia, su fragancia, su inmensidad.  

Son sus soles, amaneceres, atardeceres, lunas rojas. La marea que baja y sube en su lodo. El barroco de sus tonos pálidos. Amores en la penumbra de su arquitectura, varios, variada. Las calles y edificios que se abren aún a sus vientos… que soplan a pleno día y que rizan el pelo de mi hijo. Que acarician en la noche. La lejanía presente de ese gran Golfo. Puná, nuestros ancestros locales y emigrantes. Es un tajo grande que le hace el Pacífico a ésta tierra caliente y andina, donde empieza una cordillera y termina otra. Me queda quedarme… hasta que su último pedazo de ribera urbana se transforme en un mall anodino y genérico, y entonces… largarme en una canoa hacia Durán del lado oriental… y repetir el ciclo.

La ría, los lechuguines y el Chimborazo.
Un carrusel de colores.
La ciudad se inunda de color.
Las ventanas con sus chazas y los portales se iluminan.
Cae la noche y empieza la fiesta.
Al final, los recuerdos esperan el amanecer.

 

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